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El árbol de Jacarandá: un relato de Luis Carlos Sanabria

Your arms they call for war, and your heart calls for distance from me/ And you call me late at night, I'll ask you to leave me be. To be. Sons of the east

I


Creo que fue entonces, aquel día de primavera a los pies de un árbol de jacarandá en flor, que entendí que Roberto jamás podría amarme. Es extraño, pues esta certeza anidó en mi pecho en el momento mismo en el que de sus labios salieron esas dos palabras, junto a la pregunta clave que tanto había esperado escuchar de sus labios. También la había esperado antes de los labios de Martín.

“Te amo, ¿te casarías conmigo?”, dijo mirándome a los ojos y entonces yo supe que no era cierto, que él jamás sería capaz de darme eso no material que me ofrecía. Lo supe porque me lo dijeron sus ojos cafés claros. Su mirada me decía más un “lo siento, perdóname por lo que vendrá”.

Sus ojos decían, más bien, “Hazme libre”. Era la mirada de un condenado a muerte que imploraba perdón y no la de un inocente que quiere entregarse a la condena. No era la mirada febril y pasional de Martín, aquel que tenía amor y no futuro para ofrecer, aquel que dejé en su pozo de miseria, victimización y tristeza antes de buscar mi futuro, cuando Roberto reapareció en mi vida.

Entonces, aquel día bajo el jacarandá, debí haber parado todo y no dejarme obnubilar por la lluvia de flores moradas y aromáticas al final de la tarde. Debí haber entendido el momento en que noté eso en la mirada de Roberto, y no dejarme hipnotizar por el brillo del diamante incrustado en el anillo que él ponía en mi dedo al afirmar que me amaba.

Debí haber dicho: “No, Roberto, tú no quieres casarte conmigo”.

En su lugar dije sí. A sabiendas de que yo no tenía en orden mis asuntos del pasado. A sabiendas de que aquel amor de años atrás, el de Martín, aún resonaba en mis labios. Entonces no sabía que lo seguiría haciendo por muchos años más. En lugar de detener toda la charada dije “sí, Roberto, me caso contigo”, consciente de que él me quería como un trofeo, como la pieza para culminar una serie de éxitos de juventud madura.

Roberto me quería como deseaba el auto azul en el garaje de un chalet en los barrios altos, al que lavaría todos los sábados para luego regar con la misma manguera el jardín en la entrada a casa, con un golden retriever jugando con cinco niños, tres varones y dos mujeres, corriendo bajo el agua mientras él ríe, sosteniendo en una mano la manguera y en la otra una taza de café.

Si aquel día, bajo el jacarandá, hubiera tenido el valor de hacer caso a mi primer instinto en lugar de dejarme llevar por la posibilidad de una vida cómoda, ambos, Roberto y yo, nos hubiéramos ahorrado mucho dolor y miseria.

Entonces, y tras la experiencia con Martín, creía que el amor era lo menos importante en una relación. Quizás por eso mismo escogí ignorar la alerta de que Roberto no me amaba y entregarme a esa transacción que nos posibilitaría una vida de apariencia perfecta.

Y así fue.

Fue una relación de perfecta apariencia. De portada de revista. Nuestro matrimonio fue como una fotografía, de esas que Roberto disfrutaba tanto hacer, llena de filtros y editada hasta el cansancio, con los colores alterados y las sombras trucadas. Una apariencia tan retocada que abandona todo atisbo de realidad, como se ve en natural al ojo testigo.

Uno ve la foto editada y se sorprende por lo impactante de la imagen y nadie se pregunta cómo se ve esa modelo o ese paisaje en realidad. Y quizás no importe, al final de cuentas el artificio es lo que importa y la verdad a nadie le interesa.

No negaré que Roberto me dio momentos de auténtica felicidad y siempre le estaré agradecida por eso. Sin embargo, esas memorias de dicha no fueron las que estaban en mi mente el preciso instante en el que la urna de madera de jacarandá que contenía sus cenizas era enterrada en aquel cementerio privado de estilo anglosajón.


II


Es curioso, doctora, cómo una construye las idealizaciones, cómo se construyen brechas imaginarias en busca de paz cuando el presente es puro tedio y angustia. Cuando terminé con Martín estaba segura de que me costaría volver a amar a alguien. Sin embargo, un par de semanas después, sin tenerlo planeado, me vi saliendo con Roberto. Ambos eran amigos e incluso alguna vez tuvimos citas dobles. Supongo que es una de esas cosas que se pueden adjudicar al azar el hecho de que Roberto y yo hayamos terminado nuestras relaciones en tiempos más o menos similares. Martín siempre lo vio como una traición, y aunque tuvimos una serie de encuentros los años siguientes al final de la relación y previos a mi matrimonio con Roberto, creo que nunca me perdonó del todo. Es más, siempre que nuestros encuentros fugaces llegaban a su fin él me lo volvía a reprochar. Decía también que yo solo lo utilizaba cada que mi relación se estancaba, y que él se volvía un ente actualizador para que las cosas vuelvan a estar bien con Roberto. Claro que esto no era así. Cada una de las veces que volví a los brazos de Martín, así sea solo por una noche, fue con la esperanza de poder encontrar refugio y fuga en él. Pero cada vez que lo hacía la idea de que ambos íbamos por rumbos distintos en la vida era mucho más clara. Y más irremediable.

Evidentemente Martín odiaba a Roberto. Supongo que los fracasos que él tenía se magnificaban ante la sombra de los logros de Roberto. Y supongo que mi matrimonio fue uno de esos fracasos en la vida de Martín.

Nunca se lo dije, pero casi todos los años que estuve casada, por lo menos unas tres veces por año, soñé con dejarlo todo e ir con Martín. De alguna manera sabía que él siempre me recibiría, que siempre me amaría. Porque, así como estoy segura que en la mirada de Roberto no había amor el momento en que ponía ese anillo en mi dedo debajo del árbol de jacarandá, en la mirada de martín siembre hubo fuego, una intensidad capaz de hacerte olvidar, aunque por unos minutos, de toda la imposibilidad racional que había entre él y yo.

Estoy segura que Martín me amó hasta los huesos.

Y, aunque no volvimos a hablar nunca más, yo seguí al tanto de su vida por muchísimos años. Lo hice hasta hace poco. Quizás la última vez que quise saber en qué andaba fue la mañana del entierro de Roberto, mientras me acostumbraba a este nuevo estado civil, y mientras tenía una pausa de los desvelos, los pésames y, claro, todo el llanto.

Me enteré, por ejemplo, que nunca se había casado. Que intentó tener relaciones serias, pero nunca llegaron a nada. Que le fue muy bien profesionalmente. Que nunca pudo controlar sus demonios y vivió, festejó y sufrió con mucha intensidad. La mañana del entierro de Roberto me enteré, por una amiga en común, que hacía tiempo que se había ido del país, nadie sabe bien por qué, y que hacía tiempo que no dejaba rastro alguno en redes sociales. Una publicación de cuando en cuando, como queriendo decir que aún estaba vivo.

Esta misma amiga me contó, unos años atrás, que intentó que Martín lo amara. Ella, saliendo de un matrimonio fallido, encontró natural buscar refugio sentimental en alguien que había estado ahí siempre para ella.

–¿Te das cuenta de que estamos jodidos? –le dijo Martín. –¿Tú crees que podríamos empezar algo así? Ni tú ni yo superamos a alguien anterior en nuestras vidas. Tú no olvidas a alguien que te hizo mucho daño. Yo no olvido a alguien que me hizo mucho bien. Aunque nos esforcemos y nos queramos mucho, ellos estarán siempre presentes y corremos el riesgo de que, en algún momento, reaparezcan. Y eso es inevitable.

Me sorprendió que Martín haya dicho eso. Que no me olvidaba porque le hice bien. Me extrañó porque la última vez que hablé con él no hizo otra cosa que presentar una serie de reclamos de manera enérgica y violenta. No dejó de decir cosas que me lastimaron. Eran cosas que salían desde su construcción como víctima, claro, pero no dejaban de ser dolorosas.

Siempre que quise volver a los brazos de Martín recodaba lo que me dijo alguna vez, en una de las muchas veces que nos despedimos. La penúltima vez, la que fue sin rabia. Supongo que fue así porque él tenía la esperanza de que al cabo de un tiempo regrese con él para siempre. O cuando menos, que encuentre a alguien más. Estoy segura que lo que le sacó de quicio fue que haya regresado con Roberto, a quien él detestaba, y esta vez para casarme con él.

Lo que me dijo aquella penúltima despedida fue:

“Tú y yo siempre estaremos idealizados. Nos alejamos ahora, diciendo que nos dejamos ir, cuando en realidad nunca lo haremos del todo. Porque ha pasado tanto tiempo compartiendo un amor así, tanto, que inevitablemente llevamos algo el uno del otro. Tanta vida yo te di que por fuerza llevas ya sabor a mí. Y estoy más que seguro que seguiremos con nuestras vidas, y que alguien me amará aunque nunca podré amarla como a vos. Y que amarás a alguien que también te amará, aunque nunca como yo a ti. Y cuando la rutina del amor nos lleve al tedio, cuando el sexo se vuelva aburrido y mecánico, cuando los años acumulados de esfuerzos por ser parejas ejemplares nos cansen de acá a diez o veinte años, nos pensaremos y nos extrañaremos, nos dará nostalgia por las conversaciones, las risas, los poemas. Nos pensaremos y nos cuestionaremos si tomamos la decisión correcta al habernos dejado ir hoy. Y es lo único que hace que esta separación duela, aunque sea, un poquito menos: saber que, aunque ahora me rechaces, llegará el día que anheles todo lo que fuimos y todo lo que pude darte. Porque siempre se ama más aquello que no se pudo llegar a tener”.

Creo que fue así lo que me dijo. O así lo recuerdo. Han pasado muchos años.

Martín dijo eso e imagino que al decirlo estaba plenamente consciente, como lo estoy yo ahora que, si nos quedábamos juntos, el tedio igual nos hubiera llegado a nosotros.


III


Por supuesto que dolió cuando me enteré que Roberto me había sido infiel más de una vez. Quise morir de rabia cuando encontré las cartas de sus colegas y secretarias, la fotografía de esa colega suya con el pelo teñido de colores a quien detesté con todas mis fuerzas. Entendí entonces que no estaba loca cuando sentía un olor distinto en él las noches que llegaba bastante tarde de sus jornadas laborales, diciendo que había sido un día muy largo, que el trabajo lo había dejado exhausto y que por eso no quería que lo hagamos.

Al principio intenté justificar todo su rechazo en ese hábito suyo de trabajar mucho, pues siempre lo tuvo. Luego me hizo sentir indeseable, como si toda la sensualidad que alguna vez hubo en mi cuerpo ya no existiera. Cuando me enteré qué era lo que en realidad pasaba tuvimos una pela mayor. Pero ahora que lo pienso no fue más terrible a las que teníamos durante nuestro noviazgo y durante los primeros años de matrimonio. Siempre fuimos de discusiones furibundas y airadas. Y él siempre encontraba la manera de que yo me sintiera mal y crea todos sus argumentos. Al final la culpa siempre fue mía.

No era como Martín, que procuraba victimizarse, pero Roberto tenía una manera más efectiva de adjudicarme la culpa.

Pero aquella vez, aquella que descubrí todas sus infidelidades, no había lógica que pueda hacer de eso una culpa mía. Y, sin embargo, estuve a un paso de justificarlo, para dale sentido a nuestra apariencia de matrimonio perfecta que tenía que mantenerse así ante los ojos de la sociedad y de nuestras amistades.

¿Sabe lo que es tener secretos, doctora? ¿Sabe lo que es que su vida sea un secreto? Mire que usted no es la primera terapeuta a la que recurro. Pero sí la primera a la que me animo a contar todo esto. He vivido una vida de silencios guardados y de acciones que no compartí ni con otros psicólogos ni con mi confesor.

Cuando me enteré de las infidelidades de Roberto quise vengarme y buscar a Martín para una aventura. Porque estaba tan segura como lo estoy ahora, de que, a pesar de los años transcurridos, me amaba. Como se aman las cosas que no llegan a ser.

Como le dije, tocó poner toda la rabia en un armario y seguir aparentando ser el matrimonio perfecto, con eventuales lapsus pasivo agresivos de carácter público, que ciertamente incomodaban a nuestras amistades. Desde entonces no volvimos a compartir la misma habitación, la casa tenía suficientes cuartos como para que cada uno tenga su propio espacio.

Y Roberto fue encerrándose cada vez más, buscando su paz tomando cada vez más y más fotos, a las que editaba hasta el cansancio, saturándolas de filtros y cambiando sus colores. Dejó de lavar el auto cada sábado, y los niños y perros ya crecidos no corrían en el jardín, quitándole la distracción de sus juegos.

Se encerró en una especie de estudio que había armado en la casa, cada vez más, a trabajar en sus fotografías. La distancia entre nosotros ya era abismal cuando comenzaron los síntomas serios de su depresión clínica y nunca supe los motivos que lo llevaban a sentirse así. Seguimos saliendo a eventos sociales con amistades de cuando en cuando, y actuábamos como un matrimonio funcional. Salíamos con nuestros hijos ya crecidos, a veces acompañados de sus parejas, y nos era fácil pretender un amor que quizás, de alguna manera extraña, aún nos teníamos.

Como le dije, doctora, no le he contado esto a nadie y creo que nunca más lo diré. Mucho menos esto que estoy por confesar. Así que cuento con su completa discreción. Y no es que dude de su profesionalismo, pero me imagino que entiende mi susceptibilidad.

Aquella noche que llegué a casa después de tomar un café con un par de amigas que aún tengo de la época universitaria, y que al pasar por su estudio lo encontré colgado de una viga, columpiándose ligeramente y apenas sostenido por un nudo perfecto en el cuello, que seguro aprendió en sus años como boy scout, lo primero que hice, antes de romper en llanto, en nervios, o pedir ayuda, antes que recordad que alguna vez lo había amado, fue decirle: “maldito hijo de puta”.

Solo pude insultarlo, doctora. Insultar a ese cuerpo que aún no estaba frío del todo. Y la culpa de haberlo hecho pesa como un yunque sobre mi pecho.






Luis Carlos Sanabria (Cochabamba - Bolivia) Ha publicado cuentos, crónicas y artículos en distintas antologías y revistas. El año 2015 publicó el poemario Disección (Editorial 3600) y el libro de cuentos Deus ex machina (Editorial 3600) el año 2017.


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