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Reflejo: un relato de Nicolás Gonzales

  • Narrativa boliviana
  • 28 ago 2018
  • 18 Min. de lectura

I

Así como la luz de la pantalla era lo único que atravesaba la densa oscuridad, el sonido de las teclas al ser presionadas era lo único que se abría paso en el silencio que llenaba el cubículo. En sus grandes gafas se veían reflejadas falsas cifras de ingresos y egresos. Comenzó a golpear el suelo con el talón y respirar afanosamente, cambiando el ritmo o entrecortando repentinamente sus exhalaciones. Le quedaba poco tiempo para presentar el trabajo mensual. El tecleo sonaba cada vez más fuerte, más intenso; como cuando comienza a llover, pero llover información falseada.

La mujer que vivía en el cuarto de a lado, separado apenas por una mampara de algún sustituto barato de la madera, no soportaba el murmullo incesante del hardware. El sonido se tornó en ruido, parecía una metralla disparando teclas que rebotaban en su tímpano. Se puso en pie y salió de su habitación improvisada. Caminó hacia el cubículo contiguo dando pasos largos y apoyando las chancletas de plástico con fuerza sobre el suelo. Llegó a la puerta que tenía un pequeño letrero que anunciaba “Recepción”, abrió de golpe y dijo: “¡¿Te puedes calmar?!”. Carlos, cuya nariz se hallaba casi pegada al monitor, volvió en sí y dejó de escribir. Se sentó derecho, separó apenas la vista de la pantalla para ver a la muchacha. Ella le lanzó una mirada eléctrica y fulminante. Él, con los pensamientos aún en los cálculos, tardó unos cuantos segundos en darse cuenta de lo que ocurría. Intentó decir algo pero ella le volvió la espalda y se fue con paso firme, dejando la puerta abierta y la luz apagada.

Carlos se dejó sostener por el espaldar. Se veía patético sobre aquella silla desvencijada de fierro que bajaba de su departamento cuando le tocaba trabajar. Se puso en pie, salió de la recepción y observó a la muchacha mientras se marchaba. Llevaba un corto deportivo, imitación de las marcas de moda, que acentuaba la prominencia de sus caderas y exhibía sus piernas morenas bien torneadas, totalmente descubiertas; usaba una blusa ploma que apenas detenía las miradas curiosas sobre sus pechos pero dejaba ver su espalda que terminaba en una cabeza coronada por un gran moño desarreglado de cabellos negros azabache. Carlos pensó en ella unos segundos, pensó que se llamaba Sara, alguna vez escuchó ese nombre en los pasillos. Imaginó su cuerpo de cerca, solo hasta donde la blusa y el corto le permitieron observar. Se reprendió a sí mismo, no podía permitirse mirar así a Sara, con deseo, con un extraño afán de posesión.

Se sintió nervioso, como si alguien pudiera adivinar sus pensamientos. Apresuradamente volvió a su mesa y comenzó a buscar algo sobre ella, tanteó nerviosamente bajo algunas facturas, detrás del monitor, levantó el viejo teclado, se tocó los bolsillos y se calmó. Salió de la recepción, una vez en la calle sacó una cajetilla de cigarrillos y encendió uno con dificultad debido al viento que soplaba. Sintió el humo del tabaco infectando sus pupilas y quemándole la tráquea. El alumbrado público comenzó a encenderse, se hacía de noche y comenzó a sentirse aliviado. Evitó ver su reflejo en las ventanas sucias del edificio. Siguió fumando y con cada bocanada de humo que exhalaba, se difuminaba esa fugaz sensación de alivio que acababa de sentir. Ella no estaría cuando él abra la puerta del departamento, no habría una cena recién preparada con cariño, no vería su sonrisa, ni sentiría su compañía, ni sus besos, ni su música. No habría nadie. Sintió pena que, como el humo, se desvanecía en sus pulmones pero pasaba a la sangre y le recorría todo el cuerpo, pasando por cada una de sus venas. No podía escapar de algo que estaba en su interior.

No recordaba la última vez que la había visto, recordaba muy poco de su físico o de sus rasgos. Con la mirada perdida en la pared del frente, interrumpida por carros en movimiento, entró en un corto trance y la vio en alta definición: etérea, hermosa, rodeada por un velo de luz, con mirada cálida y piel de algodón, pero cuando quería recordar sus facciones, la visión se le nublaba y se perdían los rasgos tras una niebla de incertidumbre. Entraba en desesperación al no poder aprehender su rostro como en una fotografía; era necesario repetir la visión como si fuera un ritual, un sueño que se repite y se extiende, una y otra vez, solo para recordarla. Volvió en sí, sin la imagen de ella y sintió que el mundo se le venía abajo. Si se mantenía en pie, trabajando de cuando en cuando para el propietario, comiendo cualquier cosa, sobreviviendo entre el smog y el tráfico, lo hacía sostenido por su amor que seguía intacto.

Se encontró caminando sin dirección, movido por la caótica inercia de la calle. Caminaba entre las mismas vendedoras y los mismos puestos callejeros, esquivaba parachoques de trufis y micros repletos de gente, veía los mismos colores desvaídos, sentía los mismos olores rancios que impregnaban el aire que le irritaba la garganta, escuchaba la misma desafinada orquesta de bocinas y frenos sin aceite. Volvería a casa, pero los pensamientos se le adelantaron y llegaron antes al edificio “Señor de Gloria”.

Le parecía gracioso el nombre del antiguo edificio que constaba de cinco incómodos pisos. En el primero vivían un chofer alcohólico y una vendedora de la Cancha que tenían unos cuantos hijos. En el segundo piso vivía un anciano famélico que rara vez salía del departamento. Él vivía en el tercero. El cuarto piso se encontraba deshabitado desde hacía un mes, cuando el inquilino se suicidó porque creyó que había asesinado a su mujer. Carlos se enteró del incidente días después, al subir a un trufi y ver que en el periódico del chofer decía con grandes letras rojas: “NARCO SE SUICIDA DESDE EL 4TO PISO” y más abajo: “Golpeó brutalmente a su mujer antes de morir” y de fondo una fotografía pésima de la angosta entrada de su edificio, con un letrero sobre la puerta principal: “Se or de Glor a”. El propietario, que antes vivía en el quinto piso, abandonó el edificio apenas se enteró de la tragedia y se trasladó a otra propiedad recién construida con fondos de procedencia tan dudosa como los que Carlos se encontraba justificando esa misma tarde. Fue un acuerdo bastante fortuito pero beneficioso. Él no tenía a donde ir y el propietario le ofreció el tercer piso a cambio de que se encargue de sus finanzas y mantenga la boca cerrada. Carlos usó los conocimientos básicos que había adquirido en su etapa de estudiante, se las arregló para conseguir un ordenador y se instaló en una pequeña oficina en el primer piso. Las cosas funcionaron tranquilamente por unos meses. Entraba y salía del edificio cuando le parecía conveniente y no debía lidiar con ningún vecino. Fue hace un par de semanas que un hombre mandado por el mismo propietario remodeló la recepción y la dividió en dos espacios: la nueva y recortada “Recepción” y una habitación para la amante de turno del dueño, una mujer joven y morena que a él le gustaba pensar que se llamaba Sara.

Llegó al edificio, subió a su departamento y antes de entrar introdujo su mano en un agujero que había en la pared al lado de su puerta. En algún momento ese agujero albergaba un enchufe disfuncional. Tanteó en el escondite con sus delgados y pálidos dedos hasta hallar el objeto buscado. Sacó una llave cubierta de polvo y envuelta en telas de araña. Se sintió desilusionado y estúpido. Sobretodo estúpido por seguir sintiéndose ilusionado ante la idea de llegar y no encontrar la llave. La sopló, la limpió frotándola con su pantalón y la volvió a dejar en su lugar, asegurándose de que nadie lo viera. Sacó otra llave idéntica de su bolsillo para entrar al departamento.

Apretó el interruptor y descubrió que el foco se había quemado. Caminó en la oscuridad hasta llegar a la diminuta habitación que el propietario le había presentado como una “cómoda cocina”. Encendió la luz, miró decepcionado al pequeño refrigerador averiado y sus ojos siguieron rodando por las grasientas paredes de la habitación. Rajaduras, manchas, polvo y finalmente un mueble donde guardaba comida. Lo abrió esperando un milagro y lo único que alcanzó a ver entre montones de envolturas vacías y frascos de mal aspecto fue un paquete abierto de galletas de agua. Lo tomó desganado, se dio cuenta que había olvidado su silla en la recepción y arrastrando los pies fue hasta el sofá individual que se encontraba frente a un diminuto televisor Panasonic negro que tenía la antena rota y captaba pocos canales. Se dejó caer sobre el raído sofá y mientras deglutía la segunda galleta quedó hipnotizado por la pantalla y el zumbido que emitía el aparato.

Se encontraba en un trance somnoliento cuando escuchó que el pestillo de la puerta comenzaba a girar lentamente. Sintió escalofríos trepándosele por la espalda. Si hubiera tenido un solo cabello sobre su cabeza, se le habría erizado. Supo, cómo por una premonición, quién era. Antes incluso de que la puerta se abriera comenzó a sentir su perfume. Quería pararse para recibirla con un fortísimo abrazo y un ansiado beso, para disculparse y explicarle que el foco se había quemado, invitarla a pasar, que le haga compañía, que se queden juntos indefinidamente… pero su cuerpo no respondía. Pensó que era porque estaba exhausto y hacía varios días que lo único que ingería eran sopas de sobre y humo de cigarrillos, pero debía pararse. Lo intentaba con toda su voluntad más su cuerpo no lo permitía. Vio un delgado hilo de luz cortar la oscuridad del pasillo. La puerta se abría con una lentitud endemoniada dejando entrar la luz a su departamento. De repente un terror inexplicable le invadió. Sin poder levantarse, reclinó su cuerpo para tener más alcance con la vista. Se dobló tanto sobre sí mismo que parecía partido en dos. Cuando la puerta, que ahora parecía muy pesada, terminó de abrirse, una silueta se dibujó sobre la luz amarilla que recortaba el suelo. Era un cuerpo de mujer. ¡Sí! ¡Era ella! Reconocería esas curvas a kilómetros de distancia. Era Rebeca.

Desde aquella extraña posición intentó llamarla. Había llegado el anhelado momento del reencuentro, sentía su corazón latir frenético. Quiso gritarle, pero sin saber por qué, casi de una manera involuntaria, se sorprendió a si mismo gritando el nombre de Sara. Apenas se le escapaban las sílabas de la boca, intentaba atraparlas entre sus labios, morderlas, tragárselas, pero era inútil. Vio que la silueta se detuvo de golpe. Él intentaba decirle que lo sentía, que pase por favor, que lo ayudase; pero al parecer su cerebro solo podía reproducir el nombre de otra mujer. Sintió que una helada mano le estrujaba el corazón a la vez que sus piernas se entumecían. Se le cortó la respiración y sus ojos se desorbitaron al ver que la sombra retrocedía. Carlos se sentía a punto de morir, sentía frío envolviéndole todo el cuerpo. Quería correr hacia la puerta, estrujar a Rebeca entre sus brazos, besarla como nunca antes y hacerla suya allí mismo, pero estaba doblado en dos, sentado en el sillón raído frente al Panasonic negro, en una pequeña habitación-pasillo que el propietario había llamado “living”. Sintió que se resbalaba, su cuerpo parecía un montón de piel y huesos inertes, un peso muerto que se estrellaría contra el piso.

Cuando abrió los ojos vio al televisor frente a él emitiendo el mismo zumbido. El paquete de galletas de agua seguía entre sus manos, el pasillo seguía oscuro. Se paró sin darse cuenta y vio la puerta cerrada. Volvió en sí e intentó tranquilizarse. Sentía que su corazón le latía en la garganta. Miró a su alrededor, como viendo por primera vez su departamento oscuro, abandonado y comenzó a sentir que todo se agrandaba. Las paredes se alejaban y se alargaban, dejándolo como un insecto pequeño dentro de un gran frasco sucio. Entró en pánico y comenzó a sentir náuseas. Corrió hacia el baño sin ver bien por donde se dirigía, se lanzó al inodoro y vomitó líquidos estomacales con pedacitos de galleta mal masticada. Sentía su cuerpo vacío.

Se levantó. Se paró frente al espejo y en el cristal apareció el cuerpo de un hombre esquelético, una gran y calva cabeza se equilibraba apenas sobre un fragilísimo cuello. Este se encontraba rodeado por una polera amarillenta, que alguna vez fue blanca y cubría el resto del cuerpo: un montón de huesos envueltos por una delgada capa de piel. Después de unos segundos se reconoció en aquel cuerpo tan ajeno. La ira se encendió dentro de él como pólvora ante una chispa y con mucha rabia tiró el espejo al suelo. Al caer no se hizo pedazos, sino que se rajó de lado a lado y ambas partes quedaron apoyadas entre la pared y el piso de azulejos celestes.

Un día común en la vida de Carlos.

II

Así como el viento parecía arrancarle de la cabeza la frondosa cabellera rubia teñida que tanto había arreglado antes de salir, el frío parecía desvanecer el cortísimo vestido azul eléctrico apretado que llevaba esa noche. Un par de tacos punta alfiler con detalles fosforescentes y unas pantimedias de redecilla negra que eran lo único que cubrían sus piernas. El labial escarlata que había escogido utilizar esa noche resaltaba sus labios. Estaba parada de espaldas al viento, intentando encender un cigarrillo hurtado ante el descuido de alguna casera. Cuando lo logró, el humo le lastimó el ojo. Casi involuntariamente comenzó a frotarlo y cuando lo había hecho por varios segundos recordó que llevaba maquillaje. Soltó unos improperios en voz alta mientras miraba el dedo manchado de rímel, como si fuera carbón. En ese mismo instante comenzó a limpiarse los párpados afanosamente.

Sintió que alguien le daba una palmada en las nalgas y volteó. Era una mujer bajita y rellena que llevaba un diminuto vestido verde repleto de lentejuelas que parecía sellado al vacío. Cuando la reconoció, después de varios segundos, Marilyn ya había desenvainado su delineador y le retocaba el ojo mientras pronunciaba una sarta de palabras inentendibles. Rebeca entendió fragmentos como: “Cariño, amorcito… mapache parecías, hay que arreglarse no más… falta aquicito, preciosa”. Marilyn acabó de maquillarla y se alejó para ver bien el rostro de Rebeca, comparó la cantidad de maquillaje entre los ojos con un gesto muy serio, como un pintor que observa su obra para ver si está terminada. Sin estar muy contenta aún; mojó su dedo pulgar con saliva y le peinó la ceja, luego le acomodó los aumentos que llevaba tras el vestido y exclamó: “¡Divina!”. Se besaron ambos cachetes, se tomaron por el brazo juntándose para darse calor y compartieron el cigarro mientras hablaban sobre lo malo que estaba el negocio, la familia de Marilyn, su vecina, el esposo de la vecina y otros temas acostumbrados. Eran las 2:34 a.m. Cada tres minutos pasaban autos sin detenerse. Se habló del hijo que se avergonzaba de una madre como Marilyn, de la vecina que no sabía contentar a su hombre y del marido de ella que se quedaba mirando a Marilyn cuando salía a esperar al carro basurero. Los minutos se hicieron horas y la noche pasó de ser su fiel aliada a ser un verdugo frío y desolador. Temían tener que volverse sin un peso.

Entonces un gran Jeep último modelo pasó por su lado, bajó la velocidad y se apeó. Marilyn soltó a Rebeca y corrió hacia el carro, mientras movía sus voluptuosos nuevos pechos con las manos y exclamaba con voz fingida y seductora: “¿Se sirve unita caballero?”. El hombre que manejaba le dijo algo, discutieron un momento. Rebeca escuchó que Marilyn le decía al hombre: “¿No te gustan rellenitas? Pero te voy a rebajar papacito…”. El hombre se negó, Marilyn dio una vuelta, enojadísima, miró a Rebeca y le dijo que al parecer el tipo prefería las “flacuchas como tú”. Rebeca se alegró, se acercó al carro, le dijo solo hacía sexo oral, nada más y acordaron un precio. Subió rápidamente, sacó la cabeza por la ventana y le mandó un beso a Marilyn mientras ella le enseñaba el dedo del medio.

El tipo del Jeep era un gordo mofletudo y mal afeitado, vestía una camisa a rayas, remangada. Ella observó detenidamente el interior del auto. “Una decepción” pensó. Era un auto caro, pero lo único que podía robar el reloj del tipo. Rebeca quiso hacerlo en el carro, pero él insistió en que quería más privacidad, ponerse cómodo; igual le iba a pagar. Condujo hasta un motelucho en las afueras de la ciudad. Los más jailones siempre las llevan a los peores lugares. Bajaron en una habitación sombría y sin ventilación. El tipo se recostó sin pantalones sobre las sabanas avejentadas que tenían un diseño de flores azules y rosas. Le ordenó a Rebeca que comience. Ella, como toda una profesional, decidió pensar en otras cosas mientras realizaba la tarea que dictaba su oficio. Pensaba en la primera vez que lo hizo: no le gustaba acordarse con pena, sino como si se entregara a cualquier otro quehacer. Escuchó tantas veces en películas y en otros programas que el secreto estaba en los labios. Le dio risa. El tipo comenzó a jadear levemente. Rebeca miró hacia arriba y lo único que alcanzó a ver fue la panza peluda llena de estrías de aquel hombre que se retorcía sobre las húmedas sabanas floreadas del motel.

A la derecha había un gran espejo que cubría la pared. Se vio de rodillas, con ese vestido azul ceñido y los tacos que le aumentaban varios centímetros, bien peinada y maquillada, con el pene de aquel tipo en la boca. Pensó que le gustaría poder hacerle algo así a Carlos. Cómo extrañaba sentirse abrazada por sus brazos, sentirse segura, amada. Por eso ella estaba ahorrando, trabajando todas las noches para escapar con el hombre de su vida. No vio la luz por varios días, se acostumbró a dormir en horas de sol. Algunas noches su mayor ganancia era la billetera de un pobre borracho desmayado en la calle, pero otras conseguía gordas billeteras, relojes, celulares, drogas e incluso regalos de los más asiduos clientes. De repente sintió la mano del tipo en su nuca, que le marcaba el ritmo. Al principio ella odiaba que la traten así, pero se había acostumbrado. Intentaba imaginar que era Carlos quien la acariciaba, que ella le daba placer y que eran las manos de él las que presionaban su nuca, sus vellos púbicos los que le rozaban la nariz. Intentó reemplazar el cuerpo gordo en el reflejo por el cuerpo de Carlos.

De repente la mano le jaló los cabellos, desacomodándole todo el peinado. Rebeca quiso parar para decirle que se calme, pero él no se lo permitió; era fuerte. La obligaba tragar todo su miembro hasta lo más profundo de su garganta. Con lo débil que estaba Rebeca no fue tarea difícil. Ella comenzó a gemir en señal de queja, luego a golpearle el estómago para que la suelte; pero eso parecía excitar más al hombre, quien comenzó a decir una sarta de libidinosas expresiones mientras obligaba a Rebeca, cada vez más violentamente, a tragar hasta más al fondo. El hombre sacudía su cuerpo entero sobre la cama y comenzó a sudar. Ella, desesperada, quiso morderle pues ya la estaba lastimando; pero antes de poder hacerlo, la punta del prepucio golpeó su úvula y comenzaron las arcadas, seguidas por el inminente vómito.

El hombre tardó en darse cuenta y seguía embistiéndola, pero apenas sintió el olor a fluidos intestinales y vio sobre sí mismo un líquido viscoso y transparente mezclado con su propio sudor, le trepó el asco por todo el cuerpo y muy rápidamente alcanzó la nuca, para convertirse instantáneamente en calcinante rabia, que le hizo sujetarla más fuertemente y comenzar a golpearla en la cara. Ella suplicaba perdón, pedía piedad intentando detener los golpes con sus manos, mientras veía que las sábanas y las piernas peludas del tipo iban tiñéndose de escarlata que salpicaba de su nariz. La soltó y ella cayó al piso. El tipo, aun insultándola, comenzó a azotarla con su cinturón: “¡Zorra de mierda! ¡Puta asquerosa!”. La pateó en las costillas con unas botas importadas, luego le escupió, se acercó a ella, levantó su cabeza y la estrelló contra el alfombrado barato lleno de mugre de aquel motel; del que resultó ser dueño.

Rebeca perdió la conciencia.

No se puede decir con seguridad si sólo pasaron unas horas, o varios días, pero cuando Rebeca abrió los ojos estaba rodeada de diseños de flores azules y rosas con un fondo opaco y la luz del alumbrado público era lo único que la iluminaba. Poco a poco fue retomando la conciencia y se destapó la cara que estaba envuelta con las sabanas del motel. Uno de sus pies estaba desnudo, el otro tenía el taco roto. Vio sus pantimedias raídas, su vestido azul teñido de sangre y hediondo a vómito y por último, enmarcando aquel trágico cuadro, percibía los cabellos rubios mal acomodados sobre su cráneo.

Sin saber bien por qué, se sentía como su muñeca cuando ella era pequeña y la sacaba al jardín, jugaba con ella todo el día y la dejaba destruida por las noches en un oscuro rincón de su habitación. Quiso sentir su cuerpo como si fuera ficticio, como si fuera el cuerpo de aquella muñeca, o de cualquier otra; no importaba. No supo qué hacer. No estaba segura si el cuerpo le dolía aún o si el frío era tan fuerte que lo tenía todo entumecido. Pasaron los minutos y los recuerdos iban cayendo gota a gota en su memoria. Retomó el control de su cuerpo y al mismo tiempo retomó la sensibilidad. Intentó por largo tiempo ponerse en pie. Sentía una fuerte punzada en sus costillas. Sentía su cara hinchada y moreteada, apenas podía respirar por la nariz tapada con sangre seca. Se puso de rodillas y con mucho cuidado se paró apoyándose en un basurero que había a su lado.

Miró a su alrededor, fue reconociendo poco a poco su ubicación. Sabía que estaba en un lugar conocido, pero no estaba segura dónde. El dolor en las costillas se hacía cada vez más fuerte. Miró al frente y con dificultad logró distinguir las letras: “Se or de Glor a”. Se le cortó la respiración, estaba frente a la casa de Carlos. Si bien no era la mejor ocasión para aparecerse, tenía que ir a su encuentro. Solo él podría ayudarla, darle algo de paz. No le importaban ya las dificultades que al principio los alejaban. Las cosas habían cambiado. No dudó más, dio un paso para cruzar la calle y sintió el dolor en su detrás. Era una fuerte punzada entre sus nalgas, quizá se trataba de un desgarre. Supo que la habían violado. Al caminar, el dolor se extendía por sus piernas y en su interior.

Llegó al edificio, la reja de la calle estaba abierta. Entró. A travesó el pasillo, pasó a lado de la puerta que tenía un pequeño letrero que anunciaba “Recepción”, llegó a las escaleras e intentó subirlas pero se desplomó al dar el primer paso. El dolor la paralizaba, no le permitía usar sus piernas. Se sacó el taco roto y los aumentos que llenaban su sostén, quedando casi vacío el escote. Comenzó a trepar las gradas gateando, con la vista hacia arriba, viendo las paredes que antaño habían sido blancas, pero ahora estaban todas estropeadas, manoseadas y rotas. En el descanso se puso en pie y apoyándose en la pared, logró subir así hasta el tercer piso. Ella sabía que ese era el departamento. Se acercó, apoyó la cara contra la puerta y comenzó a golpear con los nudillos. Nadie respondía. Siguió llamando a la puerta… pero nada. Pensó que quizá Carlos estaba dormido. No sabía qué hora era. Pensó también que quizá mañana Carlos abriría la puerta como cualquier día y tropezaría con su cuerpo magullado y vomitado. Sintió ganas de llorar, pero solo se le hizo un nudo en la garganta. Se dejó caer en el piso, rendida. Entonces vio un agujero en la pared. Alguna vez ese agujero debió alojar un enchufe. Se quedó mirándolo fijamente. Sin estar segura, impulsada por una fuerza sobrenatural, introdujo una mano en él. Tanteó y… sí, encontró un pequeño objeto. Lo sacó, lo dejó caer al suelo, lo alzó y pudo observar que era una llave.

III

Abrir la puerta con impaciencia, encontrarlo esperándola sonriente con un ramo de flores, emocionarse hasta las lágrimas y abrazarlo fortísimo, besar sus labios otra vez, sentir su aroma, su cuerpo y quedar tranquila. Intentó limpiarse la cara y los mocos con el escote. Introdujo temblorosamente la llave… Sonó el pestillo y la puerta se abrió con lentitud. Entró muy sigilosamente, en la oscuridad distinguió el interruptor del foco quemado. Pasó de largo hasta la sala. Todo estaba vacío y el silencio era tan profundo que sentía que le costaba romperlo para caminar en él. Encendió la luz y vio dos puertas. Estaba agonizando, el dolor volvió a azotar sus entrañas, le costaba mantenerse callada. Quiso lanzarse al suelo y dejarse morir. Pensó que Carlos estaba al otro lado de alguna de las puertas, las fuerzas le volvieron y quiso verlo un momento, aunque él estuviera dormido. Llena de una súbita, cálida y tenue alegría que le calentaba el corazón abrió la puerta más cercana. Era la habitación de Carlos.

Encender la luz, lanzarle una mirada provocadora, caminar hacia su cama mientras se quita seductoramente la ropa, decirle que lo ama, que ha esperado mucho tiempo para ser suya, abrazarlo, besarlo y hacerle el amor. Lo imaginó miles de veces, pero la realidad era otra. Era como una adaptación lúgubre de su fantasía, en la que se cambió la mirada sugerente por una moribunda, el caminar seductor por una marcha fúnebre, la ropa provocativa por sangre y vómito… Incluso se cambió a Carlos recostado esperándola por una cama vacía. En la versión de la realidad no había nadie. Sobre la cama había ropa, vestidos, calzones, sostenes. No sabía cómo sentirse. Se resistió a creerlo pero las pruebas estaban allí, frente a sus propios ojos. Su amado, quien le juró amor eterno, la había engañado; quizá incluso vivía con otra. Rebeca no sabía lo que ocurría, el sentimiento cálido que albergaba en su pecho fue arrancado por una mano de hielo que le abrió bruscamente las costillas rotas. Sus ojos se inyectaron en rojo mientras con las uñas postizas arañaba los propios brazos, al mismo tiempo que un alarido ahogado salía de entre sus labios. Después de un momento, las lágrimas recién comenzaron a brotarle de los ojos y a pintarle el rostro con delgadas líneas de maquillaje, como si su piel fuera un lienzo. El dolor que sentía se tornó de un matiz oscuro y se transformó en ira, en venganza. Como un relámpago le vino a la mente una idea, una escena.

Carlos llegando a casa con su nueva mujer, Carlos encontrándola con las pantimedias raídas, el vestido destruido y la cara desfigurada, muerta. Carlos viendo los restos de su cuerpo consumido por el amor hacia él y Carlos recordándola para siempre. Presa de este sentimiento, Rebeca retrocedió y sin pensar por qué lo hacía, abrió la puerta contigua. Era el cuarto de baño. Al entrar, pisó un jabón que estaba sobre las cerámicas del suelo y resbaló. Su rostro golpeó el piso. Primero sintió el frío de los azulejos adormeciéndola, luego comenzó a tener una sensación cálida en su cabeza. Muy delicadamente, casi como si no quisiera, la sangre comenzó a brotar de algún lugar de su cráneo y lentamente fue tiñendo con escarlata las rendijas cuadriculadas que conformaban el piso de baño, mientras su calidez le calentaba el cuerpo.

Aún recostada en el suelo, miró al frente y vio a Carlos. Sí, era él. Estaba algo extraño, pero era el mismo Carlos que tanto amaba. Yacía al frente suyo, recostado en la misma posición que ella, mirándola a los ojos. Rebeca olvidó su deseo de venganza y con esa certeza y lucidez que otorga la cercanía a la muerte, decidió amarlo esos últimos segundos. Ignoró todo lo ocurrido y pronunció las palabras: “te amo”. Él lo hacía al mismo tiempo. Pronunciaron las mismas palabras al unísono, tan concordantemente que solo se oyó una voz. Rebeca alzó uno de sus brazos para acariciarlo, le costaba bastante, estaba agotada, pero quería tocarlo por última vez. La mano de él chocó con la suya, sus dedos se golpearon de frente. Sorprendida volvió a mirar hacia el rostro de Carlos. De su calva cabeza se desprendía una rubia peluca salpicada con manchas de sangre y vómito. Vio los tristes ojos de su amado cubiertos por una espesa capa de delineador negro, los labios que tanto ansiaba besar pintados con el labial escarlata que ella había decidido utilizar esa noche. Reconoció sus propias facciones frente a ella, partidas en dos. Recordó que su amor siempre se sintió solo, como abandonado. La mano de hielo estrujó con violencia sus corazones, quemándolos y acompañada por esa triste certeza y lucidez que otorga la cercanía a la muerte, liberó su último suspiro.





Nicolas Gonzales (Cochabamba, 1994) Gana el primer lugar en el concurso de cuento de Comteco en dos ocasiones: Cale, el pequeño hornero (2008); Y no tenía nombre (2011). Posteriormente colaboró en la organización de ciclos de lectura libre, el último de ellos titulado “El Lenguaje de las Flores”.

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