FZ: relato inédito de Daniel Rojas Pachas

Fernández comenzó su carrera como ilustrador en la desaparecida revista nacional Plomo, un fanzine de provincia que tomó el nombre por la contaminación que había en el sector sur de su ciudad. Fernández y cuatro compañeros más de la universidad, de nulo talento para el dibujo, amateurs que se limitaban a copiar el estilo de los animes que llegaban a la televisión abierta de la época, Centella, Mazinger Z y Robotech, dieron vida al pasquín que alcanzó doce números con una calidad bastante precaria en su edición e impresión hasta que llegó a ser financiado a partir de la octava entrega por una universidad local debido a un proyecto del centro de estudiantes para apoyar jóvenes talentos.


A partir de ese momento pudieron pagar a una imprenta y dejaron la modalidad fotocopia híper saturada a blanco y negro, consiguieron un rotulador de la capital que solucionó el tema del letrereado de las viñetas, tuvieron portadas e incluso algunas páginas a full color y todo impreso en papel couche, algo impensado para una producción local, incluso consiguieron la atención de los pocos medios nacionales impresos existentes en la época dedicados al comic, los cuales reseñaron Plomo en sus columnas de 500 caracteres hablando del: “incipiente arte en provincia, malas copias del comic gringo, una versión provinciana de la CIMOC o Fierro, nobles intentos por llegar al nivel capitalino, sólo el dibujante Fernández que firma como FZ da muestra de un estilo y potencial, el resto están haciendo palotes aburridos en clase de matemáticas”.


El número nueve que contó con la colaboración de dos artistas de la capital, llegó incluso a aparecer en televisión en el segmento de un horrible dibujante capitalino glorificado cuya única gracia era dibujar personajes estilo Candy.


Pilo Otaku, sujeto odioso y grotesco tuvo por un par de años un segmento televisivo en uno de los canales de la capital. Lo que hacía era parlotear por diez minutos sobre todo lo que fuese producción de comic y manga en el país y que cayera en sus manos.


Su sección era parte de un programa que salía al aire todos los sábados. Dedicado a la cultura urbana y tendencias juveniles, el show iba en principio dirigido al creciente segmento de jóvenes skaters y cultores de la música agro metal, sin embargo, abrió un espacio para el videojuego y los comics impulsado por la fiebre del anime que surgió en el país luego de una polémica que se desató cuando en una provincia del sur unos niños arrendaron en el videoclub local Urotsukidoji, manga hentai gore en el cual diablos con tentáculos en formas de miembros destrozan anal y vaginalmente a jóvenes vírgenes. Pensando era algo estilo Caballeros del Zodiaco, el dueño del videoclub ignorante de las cintas que tenía en su poder arrendó la animación japonesa que fue vista en familia provocando un escándalo que dio píe a una campaña de meses en que iglesias y centros de madres arremetieron en contra del comic y el anime. El hecho primordial era que estos se vendían en quioscos a vista y paciencia de todos y en el mismo saco podía caer una portada de Xmen con una voluptuosa Tormenta y Rogue dibujada por Jim Lee, como la serie Ranma ½ que comenzaba a ser exhibida esos años por señal abierta. Las damas conscientes y preocupadas y los curas atentos al destino de los niños acusaban el libertinaje de los canales al transmitir programas como Sailor Moon o Guerreras Mágicas que glorificaban la pedofilia y la atención de viejos obscenos sobre las cortas faldas cuadrille de las escolares. Lejos de espantar a los jóvenes y lograr algún avance en pro de la censura, hordas de adolescentes se volcaron a abrazar la cultura otaku y nipona, su música, vestimenta y hasta exóticas comidas envasadas que llegaban de importación logrando un público cautivo que atrajo una no despreciable manada de auspiciadores. Comerciantes que ya vendían estos productos, y otros que reptaron para anidar hasta hoy en el tráfico de merchandising de entretenimiento.


Plomo luego de esa entrega financiada tuvo que moderar mucho sus contenidos, principalmente el lenguaje explícito, el gore y todo lo que fuesen desnudos y escenas de sexo. Pese al filtro que les impusieron y el hecho que la revista a partir de entonces tuviese que tener el logo de la Universidad local y el gobierno estampados en la cubierta, la contratapa y la primera hoja de cada número y que además el secretario del rector, con gran dificultad tuviera que escribir para cada edición una pequeña nota a fin de introducir la revista al cuerpo académico, hablando indistintamente de comic, historieta, novela gráfica y caricatura, arte para niños y adolescentes y fuente de fantástica imaginación, talento local apoyado por la institución y una sarta de palabras de buena crianza, fue recién a contar de aquella octava entrega que los lectores que se mantuvieron fieles al comic provinciano, pese a ser llamados por muchos “vendidos” o de plano “lameculos” del estado, pudieron apreciar un salto notable en el dibujo de Fernández quien desde entonces dejó atrás su apellido paterno para firmar como FZ.


Además en ese octavo número, hoy cotizado en el mercado de coleccionistas, el renacido FZ abandonó la continuidad de su historia sobre un futuro onírico y pos apocalíptico de su ciudad muy al estilo de Zardoz de John Boorman, para iniciar una historia sobre marginados mutantes en las tuberías que muchos años después, lectores críticos de su obra llamaron el comienzo de su etapa alegórica.


La casa de estudios que auspició las ya míticas últimas cuatro entregas de Plomo, tenía como alumnos a todo el plantel de artistas regular del fanzine, excepto a Fernández que sólo cursó un año de Ingeniería para luego abandonarlo y dedicarse de lleno al dibujo.


Antes de que iniciará la explosión de internet con todos esos espacios para difundir la obra y conseguir comisiones tipo Deviant Art, FZ a fin de sobrevivir y no tener que abandonar su arte como otros amigos que a falta de oportunidades en la ciudad tuvieron que dedicarse a ser guardias de seguridad o en el peor de los casos cargadores en el puerto con el detrimento que eso significaba para sus manos, su principal herramienta, abrió un taller de serigrafía en el patio de su casa y estampaba logotipos de bandas y conocidos superhéroes y las revendía a pequeñas tiendas de coleccionismo en el centro de su ciudad. Los dueños de estas camuflaban los productos de Fernández con camisetas importadas o de segunda mano con estampados increíbles a full color en los cuales podías ver reproducciones de los afiches de Blade Runner, las cintas de Kubrick, el arte de Star Wars y Star Trek o las cintas de Spielberg junto a portadas de comics de Marvel, DC y la recién aparecida Image, sobre todo Spawn y The Maxx, este último muy popular por su serie en MTV. Las camisetas que estampaba FZ no podían competir con la cuatricromía pero su talento le permitía estampar en blanco y negro o a dos, máximo tres colores, imágenes inéditas de personajes reconocidos en poses de acción nunca vistas, de manera que los dueños de tiendas cobraban indistintamente precios exorbitantes a fanáticos desesperados por tener una exclusividad.


Por un precio mayor, Fernández se aventuraba a pintar a mano camisetas a full color que vendía por esos años personalmente en pequeños festivales de Otakus o convenciones de coleccionistas de Star Wars. Estos eventos que se realizaban cada tres meses, eran promovidos por pequeñas asociaciones de fanáticos que imposibilitados de poder ir alguna vez en la vida a grandes eventos como ComiCon San Diego, arrendaban un local a uno de los gremios portuarios de la ciudad para montar su circo de fenómenos disfrazados y apilar stands entregados a los coleccionistas en que desplegaban sus dioramas, una excusa para recrear la vista y jactarse sobre quién tenía la figura más rara o inalcanzable.


Los que en esos años sin internet a la mano o ebay, podían acceder a comprar por catálogo en Estados Unidos montaban muestras que rivalizaban con las maquetas que usó George Lucas al filmar el Imperio Contrataca. Una gran porción de los stands los usaban libreros que aprovechaban de rematar sus comics y revistas Club Nintendo y Ok Consolas, la otra parte era para todo mercader que tuviera un producto con hedor a ñoñez, chicas góticas que vendían velas con imágenes de Jack Skellington o caricaturas de los actores de la Hammer y tintes o medias de malla, vendedores de camisetas de rock con un gran stock de lucha libre y algunas playeras de Resident Evil, Silent Hill, Metal Gear y otros títulos clásicos de la primera playstation, desde luego las comiquerías locales y los vendedores de figuras atestaban estas ferias, el espacio menor era para los artistas de la ciudad, dibujantes y entre estos los que más destacaban eran FZ y el resto del grupo de Plomo que en su mejor momento se volvieron una especie de celebridades locales en el reducido fandom de provincia, sobre todo después de que el número nueve de la revista apareció comentado por Pilo Otaku por cinco minutos en televisión nacional.


Para FZ, la atención de la menguada fanaticada local no cambiaba sus ideas, para él todo ese mundillo era una gran masa de “freaks de mierda” que compraban las Plomo y sus dibujos acercándose al stand para pedirle una firma, como si él fuese algo así como Moebius o Arthur Adams, era ridículo, él sabía que toda esa pantomima era parte de un pretender ser, un montaje que quería simular las prácticas de artistas en las grandes convenciones gringas o japonesas, él no pensaba prestarse para esas pendejadas, sin embargo, sus compañeros terminaban por jugar la carta sentimental y lo obligaban a cumplir un tiempo en el stand jugando a ser una pequeña estrella, como si fuese una especie de cláusula tácita en su contrato dado el financiamiento que habían conseguido para la revista con la universidad.


“Esos putos freaks de mierda” Así los llamaba FZ, pues en verdad nunca se sintió parte de toda esa tropa de raros debatiendo las nimiedades más rebuscadas sobre sus series y comics favoritos, claro que amaba los comics, el cine de fantasía y terror y la literatura de Lovecraft o H.G Wells de la cuál bebían esos medios, pero sentía con una enorme seguridad y convicción ser un tipo normal, tuvo muchas novias durante la secundaria y también un par en su corto paso por la universidad, eso ya marcaba una distancia importante, de cualquier modo lo esencial era que él contaba con un talento que dramáticamente lo ponía en la otra vereda, el no sólo consumía lo que le daban y se contentaba con tener objetos raros y presumir estos y superar a otros en trivía y jugar a colocar artilugios de plástico o metal en un aparador o sellados al vacío para una posible venta en cincuenta años más cuando los arqueólogos de la ñoñez salieran de cacería en busca de vestigios del pasado. Años más tarde, en más de una entrevista dada a lo largo de su premiada carrera declaró: “no me caen bien los fanáticos fundamentalistas, menos los acaparadores que parecen viejitas juntando santos de cerámica, yo pienso que hay un abismo inmenso entre el creador y consumidor, entre el oficio de imaginar y realizar una idea en el papel o donde sea a sólo ser un compulsivo tarado que envasa una figura o un dibujo para ver su trofeo cada vez que requiere un alivio ante su incapacidad de ser original y creativo”.


Algo similar, aunque en un tono más desafiante y menos elocuente colocó en la fundamentación del proyecto que permitiría a Plomo ser financiado por el fondo universitario. La obra de FZ fue lo principal en la muestra que se envió como portafolio de la revista, pero su participación no se limitó sólo a la parte gráfica, ya en ese momento comenzaba a delimitarse el ideólogo del comic y el polémico artista que pretendía defender desde su trinchera en el comic nacional, la importancia del noveno arte frente a quienes lo consideraban una disciplina menor o un apéndice de la literatura con dibujitos para hacer más fácil la lectura a jóvenes y pequeños.


Sus argumentos eran claros y tendrían más adelante una resonancia importante a la luz de su obra tan bien recibida por la crítica más aún con su premio Eisner como el sello que coronaba una carrera de treinta años, pero en ese momento, el primer apoyo que su obra tuvo por parte de terceros dispuestos a financiarla fue más bien porque dentro del comité evaluador universitario se contaba a la Doctora Laura Uribe que mantuviese una relación de pareja oculta con Salvador Concha, el único integrante de Plomo que no dibujaba sino que se hacía cargo de los guiones de quienes no tenían ideas propias y accesoriamente realizaba del trabajo de edición.


Plomo desde sus inicios estuvo repleta de historias bizarras. Viñetas en que mujeres zombies de grandes pechos y con implantes cibernéticos en sus extremidades, algunas en lugar de manos tenían cuchillos, sierras o tenazas y eran creadas por un misógino Ingeniero cruza entre el Dr Frankestein y Jack el Destripador para liberarlas en la ciudad como su ejército a fin de que destruyeran a todos los que se burlaron de él durante su juventud truncando su carrera como científico. Otra historia contaba las aventuras de Jonás, Soldado del Creador, una historia mal dibujada que relataba las batallas de un personaje tipo Conan con claras alusiones Adventistas, la historia creada por Joaquín Elgueta, era un poco sutil instrumento de concientización y cuando sus compañeros le reclamaban lo panfletario, Elgueta se defendía con aires de grandeza indicando que Capitán América y casi todo el siglo de oro del comic era propaganda, el sólo quería añadir capaz de profundidad a su personaje -horriblemente dibujado- Se decía FZ, buscando convencer a Concha de sacar de la revista a Elgueta por sus conductas sectarias y evidente desviación con respecto a los adolescentes, esto se notó más cuando al grupo le pidieron hacer talleres en colegios de la ciudad y Elgueta siempre buscaba invitar a grupos de chicos interesados en el comic a reunirse con él a leer o compartir revistas en su casa. Tiempo después Elgueta dejaría por completo el mundo del dibujo y se convertiría en un pastor de esas congregaciones que abundan en los barrios, saliendo a diario a predicar en masa con altoparlantes, saltó a los medios por mantener relaciones sexuales con sus jóvenes feligreses lo que le haría terminar sus días en la cárcel de Alto Hospicio.


FZ una tarde en México, en el marco de un Festival llamado La Mole fue abordado por un fanático de su país, un coleccionista que hoy vivía en Los Ángeles, con el que terminó hablando unas tres horas sin darse cuenta sobre el devenir del comic desde los ochenta en sus respectivas ciudades, pues pese a ser de regiones distintas, el camino de ambos se rozaba por experiencias en común de marginación, terquedad y pasión por los comics.


FZ rememoraba todo lo que vivió al ser un creador en la provincia, y cómo todo lucía inmenso e imposible de alcanzar desde los extramuros. Se le venía a la mente Alita y la historia del niño que quería alcanzar la ciudad en los cielos para verse destrozado en el vertedero al caer. Al ser joven e idiota creía que todo empezaba y terminaba en la capital, que equivocado estaba le decía al coleccionista mientras con una destreza envidiable lanzaba trazos terminando en vivo una comisión de trescientos dólares para un nerd chilango que le pidió dibujar un Superman destrozando a Goku en una escena ultra gore que exponía las tripas del saiyayin salpicando toda la hoja. –Money for nothing- decía silbando la tonada de Dire Straits para retomar la charla agregrando -Santiago era sólo otra provincia mezquina y torpe - El tiempo le probó que su país era el margen mayor de un pequeño pueblo, era inevitable para su talento migrar y no volver a mirar atrás salvo en pequeñas dosis de nostalgia que encerraban cuotas de amargura, algunas anécdotas divertidas y de amistad con pequeños triunfos y saltos que con la edad tomaban un sentido mayor, pues estos le permitieron dejar todo a un lado y despegar, pero sobre todo había en la conversación un tono marcado por la envidia, soberbia y odio que su país guarda en las tripas para todos los que han querido diferenciarse y no quedar atrapados en los pequeños círculos de siempre. Mientras hacía sketchs y firmaba revistas, originales y recibía elogios, se mantuvo charlando con el sujeto sobre revistas desaparecidas, compañeros y maestros del medio ya muertos, editoriales que quebraron, un tarado que sólo sabía pintar digitalmente haciendo siempre los mismos personajes, adaptaciones estilizadas de héroes patrios, hombres de la conquista llenos de músculos y cicatrices y tetonas y culonas versiones de las simbologías femeninas precolombinas, un sujeto que en cuanto tuvo la administración de la más antigua compañía de álbumes y juegos de mesa del país que daba trabajo a muchos de los ilustradores nacionales, la quebró en cuestión de semanas. Se rieron de supuestas revistas que lograrían lo que Image hizo en Estados Unidos, en un mercado en que el comic jamás tuvo un lugar y que a la fecha aún no lo tiene, sino es como adaptaciones de clásicos literarios del siglo diecinueve o como herramienta para inflados narradores de ciencia ficción que se sienten más completos como artistas al decir que han publicado una novela gráfica y son parte de un mal parido geek power sudaca o freak forcé latino.


Tras despedirse, el seguidor de su obra le dio una tarjeta con sus datos y lo invitó a visitarlos en Los Ángeles a su museo interactivo del comic cuando estuviera por allá en alguna de las convenciones a las que usualmente era invitado. FZ recibió un fuerte abrazo de parte del coleccionista, que no se retiró hasta obsequiarle un set con nueve de los doce números de Plomo, algo casi imposible de conseguir hoy. Esa noche en su habitación del hotel, revisando con calma cada uno de los números se detuvo en la revista número ocho y pensó como con ese número inició una serie de hechos que lo trajeron a este preciso momento, alojado en un hotel pagado por los organizadores, viviendo de su arte. De todas las historias en esos comics leyó con especial atención una que hizo sobre mutantes habitando las riberas del rio San José moviéndose por toda la ciudad gracias a las alcantarillas, escapando del acoso de los ciudadanos, se fascinó con el lujo de detalles que había dispuesto en sus trazos, y recordó el vertedero colindante con el barrio de Colombianos en el cual vivió de adolescente.


FZ, de todo el grupo de Plomo era el único con talento real para el dibujo y dueño de una imaginación desbordante capaz de dotar con elementos de ciencia ficción, gore y space opera a las pequeñas vicisitudes de una aburrida vida de joven en una ciudad fronteriza con menos de cien mil habitantes. Un lugar depresivo compuesto por cinco calles principales y un cordón de ínfimas poblaciones alrededor del centro. No pudo dormir y arrastró hacia su cama una mesa que había en la habitación, abrió de par en par las cortinas dejando ver una inmensa ciudad a sus pies, se sentó en la cama y prendió la televisión, en las noticias hablaban de conciertos de músicos que en su país eran furor y acá sólo viejas glorias de Televisa, trazos de color azul comenzaban a dar forma a un cuerpo, luego a un rostro, el conductor pasó a hablar de la violencia en el norte de México, no puso atención y terminó de dar forma a una constelación de planetas y una flota de naves, al frente de todo eso una hermosa humanoide envuelta en un exoesqueleto.


Daniel Rojas Pachas (Lima-Arica, 1983) Escritor y Editor. Actualmente reside en México dedicado plenamente a la escritura y a cargo de la dirección del sello editorial Cinosargo. Ha publicado los poemarios Gramma, Carne, Soma y Cristo Barroco, y las novelas Tremor, Random y Video Killed the radio star. Sus textos están incluidos en varias antologías –textuales y virtuales– de poesía, ensayo y narrativa Chilena y latinoamericana. Más información en su weblog www.danielrojaspachas.blogspot.com

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