Hace falta comer moscas: cinco poemas de Daniel Mendoza
- electrodependiente
- 27 jul 2017
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EL SABOR DE TU NOMBRE
Mi alimento son las formas groseras
que expele tu aliento al dormir.
Son las manchas sin forma ni color exacto
que ya no se pueden lavar de tu ropa interior.
Si me acerco hasta tu seno
ten en cuenta que no busco
la convexa y tibia caricia
o la turgencia animal,
quiero, nada más, embarrarme la cara
con el pegajoso sudor de tu axila
y sentir esa irritación en los ojos
que tanto me recuerda a tu nombre,
ese nombre con sabor a alcantarilla.
LA MASTURBACIÓN COMO GÉNESIS DE TUS CADERAS
No fue de la más prominente de mis costillas,
de ese severo arco de hueso
en el zócalo de mi pezón derecho,
que te diste la vida un sábado de cantinas;
como si ser cierta dependiera
del delirio de ginebra y la fractura que me regalé
al caer desde mi aburrimiento hasta tu cama.
No. Tú llegaste gritando y todavía anciana
desde los sepulcros de mi testículo izquierdo.
Ciega y mojada, te abriste paso entre la carne,
y como las hormigas te vi asomar del agujero
de mis propios horror y tierra.
Apenas eras nada, un minúsculo pensamiento
absorbiendo la luz al final del meato;
lágrima de vidrio, elástico goteo,
una comezón preeyacularoria, luego,
suspensa en el trapecio del prepucio.
Y entonces creciste, aunque siempre fuiste anciana,
propagándote en la palma, hija de mi leche.
Tirabas tus raíces alrededor de los pliegues,
en mi mano brillabas, toda perlas derretidas,
y te escurrías como un albo moco
buscando lamer el suelo, pero eras mía
y de mis dedos, para hacerte telarañas,
una liga, un gargajo céreo, ostión albino.
Para entonces tu talla era un palmo
y tu pelo un rizo fugado de mi ingle.
Y seguiste creciendo, madurando tu ancianidad
en la ancianidad del tiempo y la de todas las cosas
propias de la mano:
te hiciste unos labios, párpados
premolares y un hígado,
te brotaste dos senos un ombligo
apófisis y cutículas. Te diste una voz
y comenzaste a llamarme <<mamá>>.
Te inscribí a un colegio de monjas la siguiente mañana
y aunque eras ya vieja todos miraban en ti
a una niña y sus caderas.
Poco me quedabas ya en la mano,
apenas una vaharada de crustáceos;
andabas sola y sola te volvías
a que te llenara el útero con un tropel de tus hermanos,
la boca, las tetas, tu misma mano.
En mi baño a la mesa en el autobús, a cada momento
del día todos los días, incluso en Cuaresma.
Pero como eras ya vieja y propensa a secarte,
después de varios meses rumiando el suicidio,
una noche saltaste y te fuiste por la coladera.
MOSCAS
Para ser alguien no hace falta más que comer moscas. Tenderse sobre la mesa como un mantel estrábico, espantar al sueño con una navaja, abrir la boca y comer moscas. Llenarse de moscas verdes y negras de ojos rojos de vientres como pasas y alas de lágrimas taraceadas. De muchas moscas. Tantas como puedan suplantar a las caries de las muelas. Meterse en la boca 500 gramos de moscas. Para ser alguien. Escuchar, esperar a que todos apaguen las luces, soplar de las pestañas de los libros el polvo devolver a su caja los zapatos y comer moscas.
EL ESCARABAJO Y EL INTESTINO ULTRAVIOLETA
Desde que desperté, las ratas me están rondando. Y el hombre sapo colecciona las moscas que agusanan mis costados. Andaban con las patas rotas los lobos que llegaron y yo con un intestino ultravioleta para digerir los hocicos, para hacerme una corbata y saltar de la escalera. Soy el péndulo de un reloj que estalla. Traje un relámpago sin luz esperando guiarme desde este océano a tus ojos claros; pero he descubierto que te ha devorado la tierra los párpados. Nos amamanta el seno arrugado de una madre estéril… Y qué atareadas van las muelas mascando silencio, mascando silencio, mascando silencio. ¿Puedes escuchar los gritos de los niños? Vamos a hablar con las gargantas llenas de polvo, vamos a abrir el vientre de los embriones en la acera y descolgar de las paredes el flujo estival dormido. Son dulces los secretos del escarabajo que arrendaba el corredor vecino; ayer se mudó adentro e hizo del tímpano su alcoba. Es un diestro minero cirujano granjero: abrió túneles, separó nervios, tiene autopistas que van de la vejiga a su huerto en el cerebro; engulle coágulos, ama la médula; construye hoteles, también fortines y una oficina, centros comerciales con multicinemas, dos iglesias y guarderías allá en el isquion, aquí en la epífisis. Qué risa, qué comezón tan rígida, saber sus patitas escarbando en el suelo de nuestras vísceras. Qué bueno es dormir sobre una cama de fuego y algodones en la boca. Qué tiernamente nos separan los huesos las raíces de un árbol cualquiera. Qué bueno es secarse los ojos con negro y llamarse Olvido. Al fin puedo callarme y empalar en un segundero la lengua; clavar los oídos donde se detuvo el río, disolverme en el sueño ahíto de los invertebrados.
¿Tienes frío? Yo tampoco.
CUANDO ESTABA EN SECUNDARIA ERAN DE A DOSCIENTOS
Y ahí estaba ella, tan fuera
de su envoltura veraniega.
Mirándome como se mira
con antelación un reloj.
Atornillando esas pupilas que no eran
sino manchones de tinta china
en dos charcos decolorados de viejo,
al ojo amarillo que me guiñaba
en el centro de la frente.
<<Enséñame el pito>> me dijo
sin despegar apenas esos dientes
de mantequilla fría, sin escupirse
el incendio del cigarrillo, sin dejarse
de abrir al sol los labios de su sexo prieto
recién depilado, recién lavado.
Y yo le enseñé el pito, caliente y duro
lo mismo que mi determinación
por no atravesar la ventana en sentido contrario
al dedo de sol que le palpaba los prietos
de la vagina, y volver llorando
y volver riendo a masturbarme bajo mi cama
con los nombres de la Claudia y la Alejandra
furiosamente ensalivados en la palma de la mano.
¡Oh, sí, palpitaba como lo que quieras
en las yemas de mis dedos!
Y ella que en su isla de sábanas ásperas
no era una Circe pese al apego
que sentía por los cerdos, va y finge
todo un asombro de aquellos
ante el cíclope en que estaba yo hecho.
Y pese a no ser Polifemo en mi isla de balidos,
me creí gigante, invulnerable
a todo ardid y prostibularia borrachera.
<<Méteme el pito>> me dijo
del otro lado de una nube de cigarro
y por influjo de sus dedos
los labios prietos de su sexo
se convirtieron en una O chueca.
Y yo, que nunca me gradué
ni de grafólogo esteticista ni de manzana
y que aún llevaba algunos pétalos encima
me arrojé presto con el dedo del sol y a ella.
Daniel Mendoza. (México) Poeta. su trabajo es inédito.
