Adentrarme en el invierno de mi cuarto: seis poemas inéditos de Pedro Cesar Alcubilla
- electrodependiente
- 22 jul 2017
- 7 Min. de lectura
LA VIDA ES UNA LÁGRIMA CAÍDA DE LOS OJOS DE LAUZON
no, amigo,
no has tardado mucho en darte cuenta
este mundo no está hecho para nosotros
aunque tratemos de huir convertidos
en poemas
siempre terminamos bajo la pata
de una mesa
solo servimos para eso,
para mantener el equilibrio
de una realidad que cojea
sin que se nos vea
sin que se nos huela
no, esta vida no es un lugar seguro
para los que buceamos entre la basura
tratando de encontrar nuestros pulmones
en una palabra exacta
los que buscamos aliviar el dolor
entre los pliegues de la carne sin rostro
los que intentamos darnos sentido
follándonos a todos los gatos del barrio
y esnifamos sueños imposibles para escapar
de esta absurda bolsa de plástico
mientras la fría fría tierra se carcajea
coloca una soga en nuestro cuello
y nos llama
con la voz sucia de Tom Waits
SALDRÁS DE MI BOCA PARA ENREDARTE A LA ESPALDA DE LA NOCHE Y MARCHARTE
A mi hijo Hugo
y llegó tu decimotercer cumpleaños
y como siempre,
no supe qué regalarte
¿qué podrías necesitar para abandonar tu susurro de niño y /enfundarte un alarido de hombre?
lo primero que pensé fue en lanzar al váter
todos mis consejos paternales
después recordé mis enfados,
los que me duelen más que a ti
-aún no entiendes que el amor a veces se comporta como una hostia /de padre-
y dudé entre millones de regalos:
quizá los valores
que nunca supe comprar
quizás un látigo
para domar los leones que te esperan
quizás una brújula para
que no te pierdas en ninguna parte
quizás una bola del mundo
para que sepas que solo da vueltas
solo sabía
que sería complicado acertar
con algo adecuado
para tu flamante disfraz de James Dean
adornado de causas que sólo tú sabes
así que opté por cosas
mucho más normales:
una tarta de queso hecha entre los tres,
llenando de trozos de galleta
la cocina,
un simple beso en la mejilla
-de esos que te dan tanto asco-
trece tirones de oreja,
y despedirme acariciando tu cabeza,
coger el coche,
poner el piloto automático hasta
adentrarme en el invierno de mi cuarto,
abrir la ventana,
encender un cigarro
y tras una profunda calada,
observar cómo el humo
se escapa muy despacio de mi boca,
toma tu forma
y se marcha
.
LA TRISTEZA DEL ESCARABAJO
RINOCERONTE
.
déjame
no hables
.
.
calla
deja que trague
esta muerte infinita
que tengo atravesada
en la garganta
es mía
solo mía
no quiero compartirla
no quiero que nadie sepa
de dónde viene ni dónde marcha
no quiero que nadie
pose sus manos en ella
no quiero que nadie
la acaricie
ni profane este momento
de soledad enfermiza
no sé,
quizá no lo entiendas,
pero hay venenos
que solo se explican
cuando uno percibe
cómo se expande
su aliento en las venas
mírame, estoy vacío por completo
y no sé cómo bautizar esta nada :
ayer vi la tristeza
de un escarabajo rinoceronte
a punto de morir tras la cópula
estaba toda en sus alas
lo cogí del suelo
y lo sostuve en mis manos
como si fuera
el último niño en la tierra
y comprendí su tristeza
era una tristeza tímida
una tristeza transparente y nervada
igual que ésta
mira mi cuello
cómo sube y baja
cómo busca lentamente
en mi centro
el calor de la última alcoba
mírala
piensa en ella
pero no te atrevas
a pronunciar una sola palabra
por su sangre vuelan sombras
y las sombras no soportan
cómo suenan las palabras
cuando empiezan a descerrajar
sus entrañas
quédate conmigo
sé mi espalda
malgastemos todo el aire que resta
y fumemos un cigarro levitando
en esta calma:
seré esa voluta que se estampa
contra el techo y se derrama
afuera una ciudad sumergida
nos ignora
y esta oscuridad es un mar
que rompe sus olas a cámara lenta
quizá mañana no haya orilla
a este lado de la cama
quizá mañana tu cuerpo escriba
el nombre de esta tristeza en las sábanas
ESTRIDENTE MELODÍA DE UN JUGUETE ESCONDIDO EN EL FONDO DE UN CAJÓN
¿Lo oyes?
¿Escuchas el zumbido?
Eso es todo lo que soy,
es mi forma de hablar,
directa, sin ambages
He olvidado las palabras de amor,
aquellas letras que se juntaban
y tanto daño hacían al desmembrarse
A cambio, he aprendido a usar el dolor
Es el único destornillador
capaz de reajustar los resortes
Solo hay que sustituir el interior
por un compartimento para pilas
o una batería recargable
Así de fácil
¿Escuchas cuando vibro?
¿Sabes que puedo hacer temblar una montaña?
¿Sabes que esto es todo lo que puedo darte?
¿Y el amor, dices?
Sí, ya, no tiene nada que ver,
aunque el amor también es cuestión
de velocidades
Uno va rápido, otro lento
y es tan difícil llegar a igualarse...
Puedo parecer simple, lo sé,
pero créeme si te digo
que una vez llegué a sentir
el palpitar de la sangre
Recuerdo esa sensación,
recuerdo su color,
la urgencia de sus compases
¿Me ocurrió a mí o estoy hablando por boca de otro que no existe?
A veces creo formar parte de una
ceremonia repetida hasta la saciedad
dentro de una burbuja sin aire
Donde no hay unos ojos quietos
enlazados a los míos
Ni caricias que me hagan sentir como
las páginas de un incunable
Ni un aliento empañando mi respiración
y convirtiendo cada instante
en diminutos cristales
No hay nada, solo un zumbido eterno
Un enjambre de cuchillos
que nunca cesan de afilarse
Y la certeza de saber que mi lugar
está en un cajón que alguien abre
alguna vez
Y me encuentra siempre al fondo,
muy al fondo, al final de un largo
laberinto de ropa interior
y cabezas cortadas de cisne
Donde nada tiene sentido
pero tampoco importa
Porque allí no tengo el valor
de preguntarme
ni quién soy en realidad
ni cómo
e sale
PARA QUE EL PIANO SUENE, ALGUIEN TIENE QUE MATAR AL ELEFANTE
piano
uno escucha esta palabra
e inmediatamente le puede sugerir:
Rachmaninov
Horowitz
Rubinstein
Schnabel
o
Rondo alla turca
Claro de luna
Para Elisa
La tumba de Couperin
yo escucho la palabra piano y en mi cabeza
se dibuja un edificio de varias plantas
y el zoom fija la imagen en un quinto o un sexto piso
¿por qué?
experiencia, simple experiencia
no sé afinarlo pero si sé
ajustarme una faja en los lumbares
no sé en qué parte del teclado está situada cada nota pero te puedo /decir dónde colocar
las cuerdas y las mantas para tratar de moverlo
no sé lo que siente un pianista al sentarse
frente a un piano pero sé lo que sienten
mis brazos cuando soportan su peso
peldaño tras peldaño
no sé lo que es una suite o una sonata
pero sí lo que es una tendinitis o una lumbalgia
no sé lo que cobra un pianista por concierto
pero sé lo que me descuentan por rayar
una pared o la madera del suelo
no sé de música, solo sé si un tema musical
me gusta o no me gusta
de pianos solo sé lo que me han enseñado
mis vértebras
por eso, cuando escucho a un pianista
tocando una hermosa pieza,
inevitablemente,
recuerdo todos los pianos que he cargado
a lo largo de mi vida,
todos los escalones que he bajado,
todos los crujidos en las articulaciones
que he sentido,
todas las gotas de sudor vertidas al suelo
y siento que una pequeña parte
de toda esa belleza,
mínima,
esa que es completamente inaudible,
me pertenece
porque de alguna manera
fui yo quien mató
al elefante
POSTAL DE METRALLA Y LUCIÉRNAGAS
I
la ciudad gira a nuestro alrededor
como una ruleta de luciérnagas
en celo
la Torre Eiffel parece sujetar
con su armazón
todo el entramado de las calles
de París en esta noche
yo me asomo con miedo
mientras el viento zarandea
con fuerza los cristales
tú haces fotos y sonríes
- sabes que no soporto verme,
no quiero que mi imagen quede presa
de ninguna forma en este mundo-
sacas un candado del bolso,
para colocar en Pont des Arts,
dices,
pero ya sabes lo que pienso,
siempre me han hecho dudar
todo ese tipo de cosas
cuya llave no se encuentra
solamente en mis bolsillos
II
lo pondremos en Pont des Arts
junto a la silueta transparente de la Maga
pero llueve demasiado
y decidimos refugiarnos
en Shakespeare & Company,
dos páginas desorientadas
en busca de unas letras
que las reinventen
después
devoramos un steak tartar
y una fondue en la rue Mouffetard,
y nos perdemos empapados
de vino,
como dos sombras borrachas
a lomos del Sena,
bajo la extraña mirada de las gárgolas
de Notredame
y tú
aún guardas el candado en el bolso
III
espadas, sables, puñales, arcabuces,
fusiles, ametralladoras
en el Musée de l' Armée hay
un hermoso compendio de soluciones
para el crecimiento desorbitado
de la especie humana
si gritara toda esa muerte a la vez
las vitrinas reventarían de pánico
París será París cuando construyan
un museo del amor
mientras tanto solo será
una ilusión triturada bajo las aspas
del Molino Rojo
una marabunta de sex shops en Pigalle
ya sabes, mon amour,
es más firme una erección
que la mayor parte de las promesas
IV
un tipo se acerca y quiere enseñarnos
la tumba de Oscar Wilde,
déjanos en paz,
hemos venido a venerar a dios
está enterrado
en Pere Lachaise,
bajo la piedra que reza su propia
sentencia
- kata ton daimona eaytoy-
no,
dios tampoco pudo con sus demonios
nos apoyamos en una valla amarilla
para escuchar a los hijos ciegos
de Jim,
break on through,
sí amigo, lo conseguiste,
todos los días te mira una flor,
siempre hay una canción tuya
para romper este silencio de pájaros
y guadañas
has alcanzado el sueño del rock n roll
¿cultivas peyote en el otro lado?
Jim, ¿sabes?
yo solo creo en el candado que te guarda
V
dejamos a toda prisa
mausoleos inclinados
y ángeles de piedra
hay que preparar las maletas
y coger el bus al aeropuerto
vacías el bolso en el hotel
para buscar los billetes
y algo cae,
mezclado entre potingues
y tabaco
ya no tiene llave
VI
miro desde aquí abajo
y París sigue girando cada vez más despacio
en el fondo de un turbio remolino
de luces muertas
ahora entiendo la mirada de las gárgolas,
su pétreo presagio
mira dónde estamos:
tú caminando con paso firme
y yo esquivando mis propios bandazos
da lo mismo,
tal vez,
ni siquiera debería haber escrito
estas palabras
pero qué cojones
aquellos días, tú, yo,
París
por todo eso
bien merece la pena
fundir aquel candado
y fabricar
esta postal
de metralla y luciérnagas
Pedro Cesar Alcubilla. (Soria, España. 1972). Poeta. Comenzó las carreras de Publicidad y Magisterio abandonando las dos antes de finalizar el primer año de estudios. Trabajó en una empresa de jardinería, en una funeraria y posteriormente se dedicó a la carga, transporte y restauración de muebles antiguos durante 12 años. Actualmente trabaja para la Administración estatal en Zaragoza, alternando su residencia entre dicha ciudad y Soria. Ha publicado Retrovisor (Canalla Ediciones, 2017).
