Permanecer en el tiempo como un monolito: poemas de Andres Azúa
- electrodependiente
- 19 jul 2017
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COSTANERA
Se pasea por la costanera
como descendiendo
por círculos concéntricos
hacia el infierno azul de la noche sobre el mar.
Sus sillas de cemento fueron diseñadas para estar vacías.
Su forma desproporcionada pareciera esperar
la llegada de otra raza
que las usará como tronos para contemplar el mar.
Quizá su único propósito sea la permanencia.
Permanecer en el tiempo como un monolito
erguido sin otro fin que la verticalidad;
esa obsesión humana de apilar piedras sobre piedras.
Quizá por eso los automovilistas se pierden
en la contemplación de su propio parabrisas
o de la noche a través del espejo retrovisor.
Se pasea por la costanera esperando
que el litio de las olas ascienda hasta tu nariz
ATARDECER EN EL ALTO
Veíamos en el paso del día a la noche
como un alumbramiento
algo así como una reproducción a escala del pleistoceno.
Quizá respirábamos la antigüedad del microclima
como figuras de un terrario o bola de nieve
que cifran mensajes en el haz de una linterna.
Yo pensaba el atardecer como una sinopsis
de los últimos atardeceres que vería, el último de la especie
Hacia atrás los contaba, con los dedos de las manos.
VER Y VOLVER A VER
A Samuel García
El sentido de lo visto te seduce
con formas sencillas
como si te dijera: no hay necesidad
de esfuerzo alguno,
recorres una línea recta y el ritmo es adecuado,
volverás a ver la capital un domingo
dentro de siete días y sabrás que alguien custodia
tu equipaje olvidado.
Así también todo retorna a su invisibilidad original
para consuelo tuyo.
Solo recuerda la posición en el cielo
de la constelación amiga,
esa tercera presencia
que, según dicen, guía a los escaladores
por desiertos de nieve virgen sin cartografiar.
La serenidad es algo así: dejarse guiar
por la razón de un tercero
hacia algún puerto en desuso.
De "El Subsuelo es de la Corona" (La Liga de la Justicia, 2016)
FRANCISCA, LOS CAMINOS ASCENDENTES Y DESCENDENTES DE CUALQUIER LUGAR
§
ahora veo todos los senderos
con comodidad,
un resbalín de piedras
rodadas
afines a las plantas de tus pies que acceden
a un paisaje ancestral y reescrito
¡cuántas posibilidades
infinitas
de lesionarse!
deshidratados de tal manera
que no nos es posible desangrarnos.
me detengo una vez más
en tus piernas desnudas como materia afín
al trayecto ascendente,
¡Cuánto poder hay en la locomoción serena!
y más encima está la lluvia, la posibilidad
de una llovizna
nieve inoportuna en el umbral
del verano
un helicóptero de rescate
como suero caído del cielo
o sangre de murciélago,
generoso durmiente diurno.
§
cómo fue que siempre acertamos
a la dirección cambiante
de la sombra del árbol?
la culpa la tiene mi pereza ante las cámaras,
pacífica fresa de la tragedia
el fruto sin timbrar que da volumen al bolsillo
de algún jornalero en
privados espacios abiertos
una apuesta
en absoluta desproporción con mi modesta fortuna.
Y el concierto se repetía cada 15 minutos.
Y con qué encantadora simetría
se colocaban las lunas en los dos muros opuestos.
(Inéditos)
Andrés Azúa (Punta Arenas, 1990). El 2016 publicó su primer libro “El subsuelo es de la corona” por Liga de la Justicia ediciones.
