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La radio informa tu muerte: relato de Orlando Mazeyra Guillén

  • electrodependiente
  • 18 jul 2017
  • 3 Min. de lectura

Hace ya casi diez viajó a Pomata para visitar a su hermano menor, quien, por aquel entonces, realizaba su Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (SERUMS) en un desvalido cuartel del Ejército.

A ese pueblo casi fantasmal le llamaban el balcón filosófico del Altiplano. Y de alguna manera lo era. Uno tenía a sus pies el enorme largo que, cuando despuntaban los primeros rayos del sol, parecía el inicio de todo: uno esperaba la aparición de Manco Cápac y Mama Ocllo, tal como lo contaba la leyenda que aprendemos en los primeros años de la primaria. Se trataba de la naturaleza en estado puro.

Su lectura de aquel viaje fue “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Por la tarde la radio informó sobre la muerte, en Montevideo, de Mario Benedetti y él se sumió en una pena tremenda. Había leído con mucha admiración varios de sus relatos y sobre todo esa novela en forma de diario llamada “La tregua”.

Ahora, mientras fumaba, era mejor añorar las primeras lecturas de los libros de Benedetti.

Puede recordar la oscura tapa del libro y la satisfacción en el rostro de la chiquilla:

—Gracias por prestármelo.

—¿Te gustó?

—Casi tanto como me gustas tú.

¿Lo decía en serio? No, qué va a ser. Bromea.

Y el silencio. El silencio de quien no sabe si creer o no creer.

Toma su mano derecha. La acaricia, despacio, frota sus pequeños y delicados dedos. Cuenta sus uñas: son cortas y no se las pinta… se parecen mucho a las de… Mejor olvidarlo, tonto, para qué malograrse la jornada.

Besa su mano y repite en voz alta ese fragmento que aprendió de memoria: «Ella me daba la mano y no hacía falta más. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor».

—Yo te doy la mía —le dice y entrelazan los dedos de nuestras manos—. Ahora dame un beso.

La besa con cierta inseguridad.

Cuando le acaricia el cuello, ella lo detiene: «No, ahí no».

—¿Por qué?

—Mi cuello es muy sensible.

Después de cierta incertidumbre, ella toma la iniciativa. Lo besa. Y él trata de no pensar. Intenta no recordar. Daría cualquier cosa por quedarse en blanco. Sólo sentirla. Evitar las odiosas comparaciones que le impiden ser feliz. Quiere instalarse en un presente perpetuo donde sólo hay espacio para ella y él. Donde no exista Micaela.

Regresará a casa, caminando durante más de una hora, y se preparará una infusión.

***

—¿Te gusta el cedrón?

—Me encanta, había un viejo cedrón en la huerta de mi abuela: es uno de los mejores recuerdos de la niñez.

—Dicen que es muy bueno.

—¿Para qué?

—Para no enamorarse.

—Yo ya me enamoré, estoy convencido. ¿Y tú?

Una pequeña pausa mientras ella alarga la mano para alcanzarle el azucarero.

—Desde el primer día —su mirada transparente. La tacita que llega a sus pequeños labios y, luego de un sorbo, regresa a la mesa. Al poco rato, tomados de la mano, se dirigen a la sala.

De pronto se corta la luz.

—Espérame, voy por unas velas.

—No —él le pide—, estamos bien así.

—¿Seguro?

—Sí.

Y en medio de la oscuridad se reconocen. En realidad, ya no recuerda cuánto duró el corte de luz. No viene al caso. Sólo sabe que estuvieron juntos, desnudos, explorando sus cuerpos sobre el sofá.


—Mi mamá puede llegar en cualquier momento —le advertía ella.

—No importa.

—¿Cómo que no importa?

—No nos verá.

—Claro que sí.

—Créeme, Micaela, no nos verá: hemos desaparecido.

—No seas tan tonto, ¡date cuenta de lo que me dices!

Y se siente doblemente tonto al momento de recordarlo mientras bebe la infusión. A veces, sólo a veces, el tiempo se detiene, nos hace un favor infinito. Aquel apagón le otorgó una de las experiencias más luminosas de su existencia: reconocer a tientas su cuerpo. Por eso le resulta edificante el cerrar los ojos de vez en cuando, sobre todo cuando viaja o cuando se siente extraviado: vuelve a aquella sala. Regresa a su ser. Su boca sabe a cedrón. Y, después de muchos intentos, por fin lo consigue: desaparecer.

Termina su infusión de cedrón y evita encender la radio. Tiene miedo de que anuncien la muerte de algún escritor. Tiene miedo de que el destino anuncie, sin mucho aspaviento, la suya. ¿Ya hay fecha? Sigue oliendo a cedrón en la soledad de la cocina. Sigue buscando a Micaela cada vez que se encuentra con una nueva mujer.

Orlando Mazeyra Guillén (Arequipa, 1980). Ha publicado cinco libros de narrativa breve. Entre ellos “Mi familia y otras miserias”, “Bitácora del último de los veleros” e “Instrucciones para saltar al abismo”.

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